No hay que engañarnos,  no todos los matrimonios son para siempre y ninguna familia que aparenta ser feliz realmente lo es.


Suele ocurrir que por diversas situaciones ya no tenemos esa conexión con nuestra pareja, no sentimos lo mismo, discutimos por cualquier cosa y su presencia simplemente ya no es imprescindible.

La mejor solución sería separarse y tomar rumbos diferentes, como en cualquier relación, pero ¿qué pasa si tenemos hijos?

Es una decisión difícil de tomar ¿cómo miramos a nuestros hijos a los ojos y le decimos que su papá se va de casa? ¿cómo nos atrevemos a romperles el corazón diciéndole que mamá ya no va a estar con papá?.

Estas son algunas de las preguntas que nos ponen trabas a la hora de escoger el camino del divorcio.

Algunas creemos que al separarnos estamos siendo egoístas con nuestros pequeños, pero es todo lo contrario.

Un hogar en el que el amor de ambos progenitores se va perdiendo cada día nunca va a ser el mejor espacio para criar a un niño.

Los pequeños perciben esa falta de cariño entre sus padres. Podemos creer que se olvidaran con el tiempo, pero no es así.

Él o ella recordara esas ocasiones en los que su papá y mamá se gritaban, peleaban, no se amaban.

Esos recuerdos marcan el corazón, se quedan en la mente, perduran con el tiempo.

¿Por qué nos condenamos y condenamos a nuestros hijos con un matrimonio que no tira para adelante?

Probablemente sea mas difícil ver la reacción de nuestros hijos que tomar la decisión, pero a largo plazo , nuestro hijo será más feliz.

Será feliz al ver a sus padres en buenos términos, separados pero comprensivos, sonriendo y rehaciendo sus vidas.

Porque las relaciones forzadas nunca funcionan y solo traen problemas a largo plazo.

Hay que enseñarle a nuestros hijos desde pequeños que el amor debe ser correspondido, que no debemos aguantar las relaciones tóxicas y que cuando algo no funciona, no debemos obligarnos a que lo haga.

Es mejor que nuestros niños tengan padres separados que padres peleados.